Foto: María Puig
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Crónica del Bearman Xtrem Triatlón

La segunda edición del Bearman Xtrem Triatlón se celebró este pasado 22 de septiembre. Es un triatlón de larga distancia que nada tiene que ver con los triatlones de la franquicia Ironman: multitudinarios, ostentosos, con circuitos más o menos llanos en grandes carreteras cerradas al tráfico y dónde el postureo reina en su máxima expresión. El Bearman es harina de otro costal. Se trata de un triatlón humilde, familiar, organizado por un matrimonio y su hijo triatleta con la colaboración de los voluntarios que son residentes del pueblo, epicentro del evento y con poco más de 100 participantes.

El circuito tiene unos desniveles brutales por carreteras rudimentarias y con paisajes excepcionales; aunque abiertas al tráfico, poco transitadas. Aquí no hay postureo alguno y las únicas cabras que hay son las de la montaña. Los participantes son deportistas muy preparados de diferentes disciplinas: triatletas, ciclistas, corredores de montaña, etc.

Este triatlón está en la lista de los 10 triatlones más duros del mundo y la dureza viene dada por dos elementos. En primer lugar los desniveles tanto del circuito de bicicleta como de la carrera a pie. Y en segundo lugar, lo que probablemente le da el nombre de Bearman (hombre oso), la autosuficiencia.

No hay ni un solo avituallamiento ni está permitida la asistencia externa, aunque tienen el detalle de señalizar en el asfalto con una flecha azul las fuentes, tanto en el segmento ciclista como en la carrera a pie. Pero claro, con agua pura y cristalina, uno no sobrevive a un triatlón de semejante dureza, así que la comida y demás suplementos los ha de llevar encima el atleta. No obstante, permiten dejar una bolsa en el kilómetro 120 de la bici, que se entrega antes de la salida, en la cual uno puede poner reservas de comida, ropa y lo que considere necesario. Como material adicional obligatorio, hay que llevar el teléfono móvil, tanto durante el ciclismo como el maratón, luz trasera y delantera en la bicicleta a partir del momento en el que empieza a oscurecer y una luz frontal en la carrera de noche, dado que el maratón discurre por carreteras, pistas y senderos de montaña alejados de poblaciones en los cuales no hay ninguna luz más que la de la luna.

El circuito está muy bien señalizado mediante flechas blancas en el asfalto y paneles e incluso voluntarios en puntos de cruce. Este triatlón se desarrolla en el Pirineo Oriental del sur de Francia y Cataluña Norte, la zona del Vallespir. A pesar de ser Pirineo, la climatología es muy favorable y parecida a la costa catalana, con temperaturas muy agradables. El centro neurálgico con la línea de meta y la segunda transición se encuentra en Amelie Les Bains-Palada, un pueblo a 300 metros de altitud. No obstante, la salida y la primera transición se encuentran en el Lago de St Jean Pla de Corts, a 12 km. de Amelie.

Los preparativos del día anterior

La tarde del viernes 21 de septiembre empezaba el festival con la recogida del dorsal y el briefing. Nada que ver con la ostentosidad y pomposidad de las ferias del corredor de la franquicia Ironman. Una simple mesa para recoger el dorsal y otra dónde comprar camisetas y maillots Bearman. El briefing fue mayoritariamente en francés e inglés, así que lo entendimos a medias, aunque nos quedamos con lo importante.

De la natación nos quedamos con la incertidumbre de si podríamos usar o no el neopreno. El lago de St Jean Pla de Corts es muy pequeño y está en una zona cálida y soleada así que la temperatura del agua es alta: oscila entre los 20 y los 28 grados según la hora del día. En el brieffing nos advirtieron sobre la posibilidad de que el neopreno estuviera prohibido si antes de la salida la temperatura del agua superaba los 24 grados.

Bearman Xtrem Triatlón
Foto: María Puig

Del recorrido nos quedamos con los datos escalofriantes que ya habíamos leído en la web: 180 kilómetros con 4700 metros de desnivel positivo en bicicleta y un maratón con 1400 metros de desnivel positivo. Ni un metro llano, vamos. Los tiempos de corte eran muy generosos, lo cual explica el bajísimo porcentaje de abandonos a pesar de tratarse de un triatlón de extrema dureza. Eso y obviamente el nivelazo de atletas que hay.

Teníamos hasta las 8:30 de la mañana para completar la natación (dos horas), hasta las 21:00 para acabar la bicicleta (un total de 14 horas y media para natación + bici) y hasta las 4:30 de la madrugada para la llegada a meta, lo que supone un total de 22 horas para completar el triatlón.

Dado que la T1 y la T2 estaban en pueblos diferentes, la tarde anterior tan solo dejamos el material de la segunda transición, es decir, la bolsa del material de la carrera a pie. Yo y la mayoría, además del atrezzo para correr y las zapatillas, dejamos una mochila de hidratación con dos bidones de 500 ml llenos, comida y un frontal.

El día de la carrera

La natación

El tiro de salida era el sábado 22 de septiembre a las 6.30 de la mañana. Una hora antes ya estábamos todos en el corralito, con las bicicletas, la bolsa con el material de bici y la bolsa de vida que la organización trasladaría al kilómetro 120 de la bici. Finalmente el agua estaba a 22 grados y el neopreno estaba permitido así que, tras dejar el material colocado y preparado, nos enfundamos el neopreno, el gorro y nos fuimos al lago, a muy pocos metros de boxes.

La salida era directamente desde dentro del agua, así que nos metimos unos minutos antes de las 6:30 y una vez todos dentro, se dio la salida. El recorrido constaba de tres vueltas circunferenciales completas al lago en sentido horario, dejando las boyas iluminadas con una luz roja a la derecha. Había pocas boyas y muy espaciadas entre sí, así que una vez dentro del lago, sin la perspectiva que teníamos desde fuera, era difícil orientarse. Éramos poco más de 100 triatletas, así que el hacinamiento y lo de recibir y repartir leña a diestro y siniestro lo hubo pero duró muy poco: en pocos minutos ya me quede más sola que la una nadando en medio de la oscuridad.

Durante la primera vuelta la sensación de ansiedad con la consecuente hiperventilación y revolución de pulsaciones me invadió debido al hacinamiento que de repente se convirtió en soledad, oscuridad y en no ver ni torta, ni saber a dónde iba. Además, el agua estaba muy caliente para mi gusto y el neopreno me estaba ahogando. Pero después de la primera vuelta me adapté a todos los percances y empecé a nadar con muy buenas sensaciones. Y la verdad es que, sacando esos primeros minutos de ansiedad, la natación me fue francamente bien, salí del agua en muy buenas condiciones y con un tiempo muy decente. No llegamos a los 3800, fue más corta, pero nadie se quejó al respecto, yo tampoco, la verdad.

El ciclismo

Los boxes estaban justo delante de la salida del agua y, con poco más de 100 triatletas, no había dificultad alguna en encontrar tu lugar, así que fue una transición muy corta. Llegué a mi box, me saqué el neopreno y me vestí de ciclista -nada de trimonos- mientras bebía un botellín de agua de coco que me había dejado encima de la silla junto con un plátano que había desaparecido. ¿Algún triatleta hambriento se lo habría comido? Si fue así, que no le veo otra opción, es muy lamentable.

Puse el neopreno, gafas, gorro en la bolsa y salí de la T1 con la bici y la bolsa. En el momento en el que salías de boxes y entregabas la bolsa, te daban el dispositivo GPS para el cronometraje que debías llevar en el bolsillo o mochila durante el resto de la competición. Es más pesado e incómodo llevar un GPS en el bolsillo que llevar un chip en el tobillo, pero la ventaja del GPS es que la organización y los que quieran seguirte desde sus casas, pueden hacerlo en tiempo real. Teniendo en cuenta que pedaleabas y corrías sólo gran parte del recorrido y que la carrera a pie discurría por carreteras y senderos en los que no había nada más que tu y la luz de la luna, lo del GPS era una opción más segura, ya que, aunque el recorrido estaba muy bien señalizado, despistarse y perderse era fácil. El único inconveniente, a parte de tener que llevarlo en el bolsillo y estar atento de no perderlo, es que durante la natación y hasta que no salíamos de la T1, no estábamos cronometrados.

Y empezaba lo bueno: el ciclismo. Temperatura ideal. Había un total de seis puertos, cuatro de ellos cortos y de buen hacer, pero que iban dejando huella en tus piernas, y dos largos y duros; el Coll de la Descarga y el Coll d’Ares. Durante los primeros 50 kilómetros subimos el Coll de Llauró, Coll de Fortou y Coll de Xatard, arriba del cual llené mis bidones por primera vez. Después de éste, bajamos a Amelie Les Bains, pasamos en frente de la T2, en el kilómetro 50, y nos dirigimos a Corsavy, pueblo dónde empezaba el puerto estrella del día, el Coll de la Descarga, de 21 km.

Los primeros 6 kilómetros fueron mortales, con rampas de más del 12%. Luego la cosa se suavizaba bastante para volver a enfurecerse a 7 kilómetros de la cima. Esos km. finales hasta la cima fueron duros de roer pero con unos paisajes brutales, sobretodo el último. Una vez arriba teníamos una fuente dónde, además de beber hasta la saciedad y llenar bidones, metí la cabeza hasta la nuca.

Bajamos el puerto por el mismo camino hasta llegar a Corsavy, momento en el cual nos desviamos a Montferrer, Le Tech y subimos el Coll de Sous, un puerto que también se las trae, con rampas demoledoras para luego bajar a Prats de Molló, kilómetro 120, dónde teníamos las bolsas de vida. Hasta aquí el asfalto era rugoso y estaba hecho un desastre, así que era imposible hacer el kamikace ni relajarse en las bajadas. Me paré, llené mis bidones, cogí la comida de mi bolsa de vida y las luces de la bicicleta por si se me hacía de noche -aunque iba muy bien de tiempo y la previsión era llegar de día a la T2- y volví a emprender la marcha.

Desde Prats de Molló, tocaba ascender el segundo puerto estrella del día, el Coll d’Ares. Se trata de un paso de montaña que une la comarca del Ripollès de Cataluña con la zona del Vallespir y es el paso transfronterizo entre España y Francia. Son 13 kilómetros con un desnivel medio entre el 6 y 7% y muchos tramos con rampas del 10%. En la cima se alcanza la altitud de 1570 metros, el techo de la competición. Las vistas de los últimos 5 kilómetros eran espectaculares. La bajada la hicimos por la misma vertiente, llegando de nuevo a Prats de Molló, donde volví a cargar mis bidones y me miré con mucha envidia unos voluntarios bebiendo una lata de cola bien fría. Ya sólo quedaba un puerto de buen hacer y el resto era más o menos bajada y con un asfalto en mejor estado. Llegué a la T2 a las 18:00 con las piernas en muy buenas condiciones.

La carrera a pie

Me cambié de ropa de arriba a bajo mientras bebía tragos de agua de coco que me había dejado preparada y me comía un plátano que esta vez nadie me había robado, y salí trotando de la T2 gratamente sorprendida de poder trotar incluso en subida aunque a un ritmo penoso. Y es que correr un maratón de un triatlón cargando una mochila con un litro de agua, más barritas, más frontal, etc, no es moco de pavo.

El maratón fue muy duro: 42 kilómetros con más de 1000 metros de desnivel positivo que se podían dividir en tres tramos o tres grandes subidas con sus respectivas bajadas. Los primeros 20 kilómetros constaban de una larga subida de 11 kilómetros a un castillo por una carretera asfaltada y solitaria, y bajada por la misma carretera. Alterné el andar con el trotar en la subida y la bajada la pude hacer trotando enterita, aunque tuve que encender el frontal porque se hizo de noche.

Sólo había una fuente en el kilómetro 5 de la subida que la volvías a encontrar al bajar. Al finalizar esta bajada, sobre el kilómetro 21, volvíamos a pasar por a Amelie para afrontar el segundo tramo: una segunda subida de unos 4 kilómetros asfaltada para volver a bajar a Amelie desde dónde, a partir del kilómetro 28, afrontamos la última subida que fue infernal, de 7 kilómetros, por una pista-sendero de montaña totalmente en soledad.

Durante esa subida, me era imposible correr y la caminé entera. Encima no había ni una fuente y me quedé sin agua. Al llegar arriba, alegría absoluta, ya estaba en el kilómetro 35. Había una fuente a 500 metros y sólo quedaban 7 kilómetros de asfalto de bajada para cruzar la meta. Después de estar más de un minuto debajo de la fuente sedienta, me puse a trotar sin mirar atrás y como si no hubiera un mañana hasta que llegar a Amelie dónde empecé a escuchar los gritos de “muy bien Maria” de los amigos con los cuales había compartido esta aventura. Ellos ya habían llegado y me esperaban al lado de la meta.

Y la crucé con la piel de gallina y los pelos como escarpias. Una meta muy original, con un arco de madera y una campanita colgando del techo que toqué tan fuerte como pude. Michelle, la organizadora del evento, me felicitó, me colgó la medalla en el cuello y me sentó en una especie de trono de madera igual de original que el arco de meta y me sirvió bebida.

Bearman Xtrem Triatlón
Foto: María Puig

Y colorín colorado, Bearman Xtrem Triatlón acabado. Sin duda, esta competición es mucho más que un triatlón de larga distancia, es una auténtica aventura. Un ciclismo espectacular digno de etapa del tour de Francia y una carrera a pié equiparable a un maratón de montaña, en un entorno brutal como es el Vallespir. Sin duda, sólo apto para los triatletas más aventureros.

Antes de acabar quiero nombrar, felicitar y dar las gracias a los amigos que me acompañaron en esta aventura, con los que compartimos muchas risas y mil anécdotas, todos ellos grandes deportistas y mejores personas, el “Bearteam & Co”: Los hermanos Xesc y Jaume Terés y su discípulo David, tres ultrafondistas muy experimentados con un palmarés a sus espaldas acojonante, que suman ahora el Bearman a su impresionante currículum, y Jordi, que debutaba en la larga distancia y lo hizo por la puerta grande ya que no sólo acabó sino que subió al podio como primer triatleta Señor. Y mil gracias también a Lisa, Carles y Pep que estuvieron al pie del cañón siguiéndonos, animándonos y haciéndonos fotos a cada uno de nosotros, del primero al último y desde principio a fin.

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