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Crónica de IM Lanzarote 2018 - Así se sufre el ironman más duro de Europa

“The toughest IM in the world” es la frase que acompaña al IRONMAN de Lanzarote. Y no es un simple eslogan, es una realidad como un templo. Ya es bien conocida la dureza del segmento ciclista, por el desnivel y, sobretodo, por el viento incesante y demoledor. Y a esto hay que añadir un maratón no del todo llano y una natación que parece más una batalla campal que un deporte en aguas abiertas. En conjunto es una de la pruebas de la franquicia IRONMAN más duras del mundo.

Este era mi tercer IM. Había participado en Niza en 2015 y Barcelona en 2016. Y, aunque Niza tiene también un ciclismo muy duro, en mi opinión, es incomparable a Lanzarote.

El viaje

El jueves 24 de mayo, medio aeropuerto de Barcelona, como imagino el de otras grandes capitales, estaba lleno de triatletas. Y es que se nos reconoce a la legua. Nos gusta tanto presumir y posturear que vamos al aeropuerto con la mochila y la camiseta finisher del último IM y las gafas de ciclismo en la cabeza, por si a caso hay que ponérselas durante el viaje, no sea que las luces del aeropuerto o del avión nos deslumbren. Que nadie se ofenda porque lo digo con mucho cariño. Me atrevería a decir que el avión entero era de triatletas fácilmente reconocibles por lo dicho y sus familias.

A la llegada a Lanzarote, había que ir a recoger los dorsales al Club La santa, un centro lúdico-deportivo-residencial impresionante que queda en la otra punta de la isla, a unos 30 kilómetros, del Puerto del Carmen, dónde se realiza la competición y se monta la feria del corredor. Teniendo en cuenta lo emblemática que es la prueba de Lanzarote, me sorprendió mucho lo pequeña que era la feria del corredor y la tienda de material IM. Como tienda IM, habían habilitado un contenedor de estos gigantes que hay por las calles y tenían muy poca variedad de material. Nada que ver con Barcelona y Niza, dónde las ferias y tienda IM me parecieron impresionantes y con un despliegue de material de todos los modelos y colores. Tampoco es que la feria del corredor y el merchandising sea el factor más importante de la competición pero los días previos, en los que no tienes nada que hacer, mola pasearse por allí y ver pepinos de bicis que nunca podrás comprarte-soñar es gratis- y ropa y material ultra caros.

El viernes 25 de mayo a las 15 horas empezó el Check-in de bicis y bolsas. Otra cosa que me sorprendió, en comparación con otros IM, fue la informalidad. Recuerdo que en Niza y Barcelona, revisaban los frenos de la bici, el cierre del casco y hasta te hacían una foto para asegurarse en el Check-out que eras el mismo del Check-in. En Lanzarote, un voluntario te miraba por encima y te dejaba pasar, sin más.

El día de la prueba

Y el sábado 26 de mayo a las 7 AM empezó la fiesta. A las 6 la mayoría ya estábamos revisando las bicis e hinchando las ruedas. Yo no tenía que hinchar las mías dado que hace meses empecé a llevar esas ruedas de goma maziza, sin cámara de aire. Ningún profesional las llevaría jamás, son más pesadas y lentas pero a mi, que no me viene de unos gramos ni de perder minutos, la comodidad de no tener que pensar en hinchar las ruedas antes de salir y, sobretodo, poder olvidarme de los pinchazos y de llevar el material de repuesto a cada salida, me compensa y la verdad es que estoy encantada.

A las 7 AM, bocinazo de salida y todos al mar a la vez, unos 2000 triatletas enloquecidos. Aquello fue la natación en aguas abiertas más traumática que he hecho jamás, incluyendo triatlones de corta y media distancia. No por el estado del mar que era como un espejo y a una temperatura ideal, sino por la batalla campal – o acuática- que se organizó. Aquello era un no parar de recibir y repartir estopa a diestro y siniestro. Aunque no quisieras, estabas inmerso entre la multitud y si querías avanzar y no morir ahogado en el intento, tenías que hacer lo que hacía todo el mundo, dar y recibir leñazos. Fueron dos vueltas de 1900 metros, ambas dos igual de terroríficas. Os aseguro que a mi me encanta la natación en el mar y nunca entro en pánico, así que cuando lo hago es porque hay motivos de sobras. Tras la competición, hablé con más de un triatleta que también opinaba lo mismo que yo, el agua fue un auténtico infierno.

lanzarote 2018
Foto: María Puig

Salí del agua con un nivel de estrés considerable, la adrenalina y las pulsaciones por las nubes así que una vez en la carpa con mi bolsa, me senté y me tomé la T1 con calma. Me intenté relajar, me unté de crema solar y me puse el maillot de ciclista porque los tritrajes, en mi opinión personal, aunque sean útiles en triatlones cortos, no son el atuendo más cómodo para marcarte 180 kilómetros en bici ni correr un maratón. Ocho minutos estuve en la T1. A muchos os parecerá una barbaridad pero a mi, francamente, en una competición que va a ser tan larga y después de semejante locura de natación, fueron minutos muy bien invertidos. A no ser que disputes el podium o un slot para Kona, no creo que merezca la pena correr como locos ni dar empujones en las transiciones para ganar unos pocos minutos.

Los 180 kilómetros de ciclismo

Y empezaba lo bueno, el ciclismo. Nada más salir de la T1 y subirme a la bici, ya soplaba un viento de cara que daba gusto. Por lo que he podido ver, en Lanzarote, el viento acostumbra a ir siempre en la misma dirección y la vuelta de 180 kilómetros que damos a la isla está diseñada con tan “mala leche” que el viento te viene de cara o de lado en gran parte del recorrido. Al viento hay que sumarle 2500 metros de desnivel positivo.

Por ende, este año el circuito había cambiado y se había endurecido mucho más y eso lo digo por triatletas que conocían ediciones anteriores y los organizadores que lo anunciaron previo a la carrera y en la entrega de premios posterior.

Nada más salir, empezábamos subiendo a La Geria, con un viento en contra del carajo. De los primeros 70 kilómetros, destacaría Las Salinas con unas vistas espectaculares, el ya conocido parque natural del Timanfaya y una recta infernal más larga que un día sin pan, Famara, que, con la entrañable compañía del viento en contra, tenía mucho más “encanto” del que ya tenía por sí sola.

lanzarote 2018
Foto: María Puig

Del kilómetro 50 al 110 nos esperaba el tramo más duro. Destacaría la subida a Teguise, a los Helechos y al mirador del Río, tan duras como espectaculares. La bajada del mirador del Río fue brutal y uno de los pocos tramos que recuerdo en los que pude dejar de pedalear por la fuerte pendiente descendente, no obstante era un tanto peligrosa por que el viento te venía de lado en ocasiones.

Y “supuestamente”, a partir del kilómetro 120, había pasado lo peor pero digo “supuestamente” porque no fue así. Del kilómetro 120 al 170, lo pasé francamente mal, las piernas empezaban a estar cansadas, el ruido y bamboleo del viento empezaba a resultar molesto, por decirlo finamente, y las vistas ya no eran tan espectaculares como al principio o quizás si lo eran pero el cansancio y la mala leche no me las dejaban disfrutar. En ese tramo había que volver a subir a Teguise, llanear a contraviento un buen rato y subir a Tegoyo. Una vez llegamos al quilómetro 170, por fin, ya solo quedaba bajar al Puerto del Carmen, por suerte, sin tener que darle a los pedales. Y por fin, se acabó la bici, entre el desnivel y el viento, fue demoledora.

La carrera a pie

La T2 la hice bastante rápida, aunque me tomé mi tiempo para cambiarme el pantalón y volver a untarme de protector solar y me dispuse a empezar el maratón que contaba de tres vueltas, una primera de 21 kilómetros en la cual llegabas hasta el aeropuerto por el paseo marítimo y regresabas y luego dos vueltas de 10 kilómetros. Y no era llana del todo, de hecho tenía 300 metros de desnivel positivo en forma de rampitas que, cuando vas petado, sientan de maravilla. No sé si fue el ambientazo de Puerto del Carmen o qué pero los primeros diez kilómetros, mis piernas y mi cuerpo me respondieron de forma sorprendente y pude hacerlos en una hora pero a partir del km 15 pasó lo que tenía que pasar, mi ritmo empezó a decaer.

No obstante, conseguí no andar más que en los avituallamientos y trotar, por decir algo, todo el maratón. Un trote que para algunos sería lo mismo que caminar o arrastrase pero que para mi fue más que eso. La última vuelta de 10 km fue terriblemente dura, ya no podía beber ni comer y como estaba oscureciendo, empecé a coger algo de frío. Recuerdo atletas caminando con las mantas térmicas encima. Puse el piloto automático y seguí como un autómata hasta que llegué al pasillo final de meta tras cinco horas de maratón y unas quince de competición. Mientras escuchaba al speaker gritando mi nombre y la frase que tanto nos pone a todos de “You are an IRONMAN”, crucé la meta levantando la cinta con una sonrisa de oreja a oreja, la piel de gallina y los pelos como escarpias.

Un IRONMAN espectacular y a la vez demoledor. Tras tres IM y algunas ultramaratones de montaña, me atrevo a decir que Lanzarote es de lo más duro que he hecho y por eso la satisfacción al acabarla fue indescriptible con palabras.

Las pruebas deportivas de semejante dureza que te ponen al límite constituyen mucho más que un reto deportivo. Son una experiencia vital, una prueba de superación personal, un aprendizaje en toda regla, en ellas aprendes muchas cosas de ti mismo, algunas buenas y otras no tanto, aprendes a disfrutar de los buenos momentos y a la vez a gestionar las malas sensaciones y el sufrimiento y eso es aplicable a la vida en general, más allá del deporte.

Aunque fui sola a Lanzarote, quiero dar las gracias a toda la gente que me animó, me siguió y me felicitó desde sus casas y mencionar a dos personas que estuvieron con migo de una forma o de otra en Lanzarote, dos grandes atletas y mejores personas. NOEL, a quién conocí el jueves en la recogida de dorsales, en La Santa, que también había viajado sólo a Lanzarote y es de los alrededores de Barcelona, como yo. Con él compartimos los nervios precompetición, las alegrías posteriores y muchas risas, además de hacerme de xófer. Darle las gracias y felicitarle por la gran carrera que hizo y, sobretodo, el cómo la entrenó y la sorpresa que dio a sus amigos (ya tú sabes Noel...). ISAAC, a quién ya conocía de mis inicios en el triatlón, hace un montón de años y al que me encontré allí, fue un placer volver coincidir con él en un IM tan especial, darle también las gracias y felicitarle por el carrerón que se marcó.

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