Cuando cruzar la meta no te hace tan feliz cómo esperabas: aprende a superar la 'falacia de llegada'
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Cuando cruzar la meta no te hace tan feliz cómo esperabas: aprende a superar la 'falacia de llegada'

Son muchos los grandes deportistas de la historia que, tras alcanzar un gran éxito, han confesado su sensación de vacío. Uno de los casos más recientes que recordamos es el del campeón olímpico de 1.500 metros, Jakob Ingebrigtsen, que reconoció los sinsabores que había experimentado tras el mayor logro de su carrera deportiva.

"Es muy extraño, porque me he entrenado para esa carrera en concreto durante toda mi vida", explicó en una entrevista posterior a una competición en EE.UU. "El punto álgido es realmente alto, pero también justo después del punto álgido hay un gran punto bajo. Porque lo he hecho. Entonces, ¿qué sentido tiene volver y hacer todo el trabajo de mierda que se necesita para volver a estar en la misma forma?".

Es lo que conocemos como falacia de llegada y que Martín Fritz Huber, en un maravilloso artículo de Outside, definía como "la sensación de decepción y anticlímax que suelen sentir los corredores aficionados después de un evento para el que han pasado meses preparándose".

La realidad de la falacia de llegada

Brad Stulberg, reconocido -entre otras cosas- por ser el autor de The Practice of Groundednes o el fundador junto a Steve Magness de The Growth Equation, explica en un reciente artículo las consecuencias de enfocar nuestro éxito únicamente en la meta.

"Si desarrollas esa mentalidad, te espera un duro despertar. No hay llegada. Cuanto antes te des cuenta de esto, mejor".

Kristian Blummenfelt PTO Canadian Open
Foto: PTO

La falacia de la llegada fue acuñada por primera vez por Tal Ben-Shahar, científico especializado en comportamiento humano. Este concepto hace referencia a la ilusión comúnmente sostenida de que una vez que logramos una meta u objetivo, sea cual sea, lograremos una felicidad y una realización duraderas en el tiempo. 

"Esto simplemente no es cierto", apunta Stulberg. "Estamos programados para querer más: es el resultado de milenios de evolución, de vivir en medio de la escasez durante la mayor parte de la historia colectiva de nuestra especie", explica este experto en rendimiento y éxito conocido mundialmente.

"Somos tontos de la persecución y luchamos por estar contentos, al menos por una duración significativa, con la recompensa. En términos de neurociencia, nuestro impulso de "querer" es más poderoso que nuestro impulso de "gustar", cuenta.

¿Cómo podemos superar la falacia de llegada?

El primer paso es tomar consciencia. Una vez que hemos aceptado su existencia, "debemos hacer todo lo posible para encontrar la felicidad, la realización y la energía en el proceso".

Encontrar la felicidad en el camino y no depositar falsas expectativas sobre lo que ocurrirá cuando lo logremos (o quizá no) es clave para alcanzar un éxito real.

Stulberg cuenta que, la superestrella de baloncesto de la NBA, Ray Allen, escribió en sus memorias que tras ganar su primer campeonato de la NBA, "a medida que pasaban los días, había una parte de mí que se sentía vacía... Siempre había creído que cuando ganas un campeonato, eres transportado a algún lugar nuevo y exaltado. Me di cuenta de que eres la misma persona que eras antes, y que si no estás contento con lo que eres, un campeonato o cualquier logro, eso no va a cambiar".

No se trata en absoluto de librar de toda importancia a nuestras metas. De hecho, son tan importantes que "definen los caminos y procesos que emprenderemos" y, lograr una meta por la que has trabajado, produce una gran satisfacción.

Kristian Blummenfelt
Foto: Daniel Tengs / Red Bull Content Pool

"La trampa es pensar que es el logro de una meta lo que proporcionará una satisfacción duradera en lugar de darse cuenta de que lo que proporciona una satisfacción duradera es cómo gastas tu tiempo y energía, día tras día", apunta Stulberg. "Es en la búsqueda y no en el logro donde pasamos la mayor parte de nuestras vidas".

En la mitología griega antigua, Sísifo es condenado a hacer rodar una roca hasta la cima de una montaña, solo para que la roca vuelva a rodar hasta el fondo cada vez que llega a la cima. Podemos interpretar esto de muchas maneras, pero probablemente todos estemos de acuerdo en que "es una maravillosa metáfora del esfuerzo".

"En lugar de centrarnos directamente en la meta, sería prudente centrarnos igualmente, si no más, en los caminos que queremos recorrer y cómo los recorremos", concluye Brad.

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